Tal vez pueda vivir sin abogado, médico o maestro, pero yo ahora no puedo vivir sin San Marcos. Un sencillo espacio sagrado que te acoge sin preguntas ni juicios. A la vieja usanza. Cuatro paredes y un techo, el retablo y una escobilla con la que demostrarle tu devoción. Entender sobre lo divino y lo humano sin dejar de pisar con los pies en el suelo te lo enseña San Marcos en una de sus acogidas sin pestañearle los ojos y sin moverse del sitio. Un espacio sencillo donde la dignidad toma cuerpo.